24 septiembre, 2021

Milenio/Marca Registrada Noticias

Ese 11 de septiembre, el embajador de Estados Unidos en México, Jeffrey Davidow, recién había llegado a desayunar a la casa de un empresario mexicano. Estaba preocupado, porque en las noticias de la mañana había escuchado que en Nueva York, a 4 mil kilómetros de distancia, un avión se había estrellado contra la Torre Norte del World Trade Center. Una tragedia espectacular, pero hasta ese momento, solo eso: accidental.

«Pensaba en ese momento que era eso, un accidente», dice a casi 20 años de distancia.

Pero luego vino el horror. Mientras se sentaba a la mesa con el empresario, Davidow vio en la televisión del desayunador el momento en el que el segundo avión (United Airlines 175) golpeó la Torre Sur. Eran las 9:00 de la mañana con tres minutos y casi de inmediato le ordenó a su equipo de seguridad llevarlo a toda velocidad a la embajada de Estados Unidos en México.

En el trayecto en la camioneta blindada de la embajada, “me quedó claro que estábamos bajo ataque y mi preocupación era qué más iba a pasar”, cuenta a MILENIO. “No estaba preocupado de que algo pudiera pasar en México, pero como todos, creo que estaba en estado de shock y no tenía claro en mi mente lo que estaba pasando. Lo que era evidente es que se trataba de un ataque terrorista”.

Casi a punto de cumplirse veinte años del ataque terrorista más espectacular de la historia, Davidow admite que ese 11 de septiembre cambió para siempre la relación entre México y Estados Unidos.

Dejó a México fuera del radar de George W. Bush, mientras que los titubeos del entonces presidente Vicente Fox, y las declaraciones del canciller Jorge Castañeda no abonaron al terreno. En específico, relata el diplomático en el retiro, quedó la sensación de que el gobierno mexicano no quiso apoyar a Washington en su hora de mayor necesidad.

“Fue una oportunidad histórica desperdiciada”, reflexiona el autor de «El Oso y el Puercoespín».

P: ¿Qué pasa por su mente cuando llega a la embajada, poco después que se estrella el segundo avión en el World Trade Center?

R: Cuando llegué, hablé con la prensa enfrente de pasada. Y también tuvo una reunión muy grande dentro de la embajada con los empleados. Mi mensaje fue que era el momento de ser fuertes y que teníamos que seguir haciendo nuestro trabajo. Le dije a los empleados que si se querían ir a su casa se podían ir a su casa, porque muchos estaban asustados. No recuerdo qué le dije a la prensa.

P: Dijo que se trataba de un acto de barbarie.

R: Ah. No recordaba eso.

P: ¿Qué sensación privaba al interior de la embajada?

R: La gente estaba muy nerviosa, muy preocupada. Inmediatamente vimos que teníamos cientos de mexicanos que estaban esperando sus entrevistas para visas, así que cerramos el consulado y mandamos todos a casa. Y cuando hablé con mi gente les dije que estábamos en una situación muy difícil. Nos sentíamos muy sacudidos.

P: ¿Cuándo se entera de que el tercer avión impacta en el Pentágono?

R: Me enteré al mismo tiempo que todos los demás porque estaba viendo la televisión.

P: En medio de esta tormenta, ¿necesitó algún momento personal para recomponerse ante la magnitud de lo que estaba ocurriendo?

R: Lo que sí sé es que en términos de mi reacción personal, yo estaba muy bien. No estaba nervioso hasta que empecé hablar con los empleados y ahí es en donde me ganó la emoción. Mientras hablaba con ellos me invadieron emociones como tristeza, enojo. Fue muy difícil, pero sentí que tenía una obligación hacia ellos para mantenerme fuerte.

P: ¿Recibió, en este caos, alguna comunicación del Departamento de Estado?

R: Estuvimos en contacto con gobiernos extranjeros, no tanto con México, aunque tenemos que recordar que una de las cosas que hizo el presidente (George W.) Bush fue detener todo el tráfico aéreo y había decenas de miles de estadunidenses atrapados en Europa, en Asia y en otros países. No podían regresar a Estados Unidos. En ese momento la mayor parte de nuestras preocupaciones estaban en Europa francamente y en el Medio Oriente.

P: Por aquellos días, México y Estados Unidos arrancaban una nueva relación, con el inicio casi simultáneo de las presidencias de Vicente Fox y George W. Bush. ¿Qué cambió en la relación después de ese martes?

R: Había mucha emoción al principio de los gobiernos de ambos presidentes. Se sentía como un inicio fresco. El primer viaje internacional que hizo el presidente Bush fue a México, en abril, a Guanajuato, al rancho de Fox. Y fue en esa reunión en que ambos gobiernos acordaron crear un equipo de alto nivel para hablar de migración.

Pero siento que la idea de que el 11 de septiembre detuvo esa gran negociación migratoria no es verdaderamente correcta. Ésa idea ya se había muerto antes del 11 de septiembre. En cualquier medida, creo que una vez que ocurrieron los ataques, la atención de Estados Unidos obviamente se movió a otros temas. El tema migratorio se volvió secundario. Ya no era una prioridad.

P: Revisando estos últimos 20 años, ¿cuál diría usted que es el impacto más grande que tuvo el 11 de septiembre en la relación Estados Unidos-México?

R: La guerra contra el terrorismo se volvió prácticamente el único tema. Otras cosas que tendrían que haber sido resueltas bilateralmente con México perdieron importancia. Y recuerdo la respuesta del gobierno mexicano a los ataques terroristas. Demostró, una vez más, la ambivalencia que México y los políticos mexicanos tienen respecto a la relaciones con Estados Unidos. Creo que hubo preocupación acerca de los ataques, o tristeza pero al mismo tiempo los mexicanos querían dejar en claro que no iban a convertirse en un aliado de Estados Unidos en la guerra de terrorismo.

P: ¿Qué le llamó más la atención de esa reticencia mexicana a apoyar a Washington en su momento de necesidad?

R: El 11 de septiembre, la prensa le preguntó a Jorge Castañeda qué iba a hacer México. Recuerdo que respondió que ese no era el momento para regatear el apoyo Estados Unidos. Pero entonces agregó una frase que estoy seguro no quiso decir, cuando le preguntaron si México contribuiría con tropas a una guerra: Estados Unidos, dijo, no nos ha preguntado y aún si lo hicieran no mandaríamos tropas. Cuando la prensa encontró esa información en Estados Unidos lo convirtió en: “México se niega a ayudar a Estados Unidos“. Eso generó mucha molestia en Washington.

P: ¿Marcó esa reacción negativa en Washington el resto de ambas presidencias?

R:Creo que si quedó marcada. Y luego, meses después, cuando Bush quería que la ONU aprobara una resolución permitiendo que Estados Unidos fuera a la guerra contra Irak (…) México estaba en el Consejo de Seguridad de la ONU en aquel momento y no apoyó la resolución que Estados Unidos quería. Eso causó aún más tensión. Pero creo que el efecto más grande fue que después del 11 de septiembre Estados Unidos dejó de enfocar su atención a México y empezó a dirigirla a otros temas.

P: ¿Generó el 11 de septiembre una oportunidad perdida entre ambos países?

R: Así lo creo. Muchas de las expectativas se perdieron. Después de los ataques de septiembre hubo menos interés y menos deseo de hacer algo sobre las oportunidades con respecto a México. Creo que es un caso de oportunidades perdidas.

P: Y tristemente no hay hubieras en historia

R: No los hay.

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